Esa tensión, llamada a crecer, exige soluciones. Las meramente represivas de la actual Administración son solo un parche. Las de la oposición demócrata tienen, por su parte, la vacuidad de un huevo previamente sorbido. Tarde o temprano, la Administración norteamericana caerá en la necesidad de fomentar soluciones internas para el propio desarrollo de las economías de América Central. Un área en conjunto pequeña –poco más de 50 millones de ciudadanos en un territorio similar al de España– pero con grandes posibilidades para la creación de riqueza, y de problemas.
El «Plan Marshall» para Centroamérica que se espera desde hace mucho tiempo, tiene muchos incentivos para el Gobierno norteamericano. En la medida en que Honduras, Guatemala y el Salvador superen el actual marasmo se reducirán los enormes flujos de emigrantes, y Estados Unidos podrá aplicarse a otra de sus asignaturas pendientes: la integración de los más de 22 millones de hispanos ilegales. El presidente que logre darle respuesta –y los republicanos han demostrado en el pasado reciente más capacidad para hacerlo que los demócratas– habrá resuelto una cuestión de justicia social y se asegurará un electorado fiel.
