Como explica con humor la agencia AFP, los tunecinos han tenido que elegir en estos comicios entre «Berlusconi» o «Robocop», es decir, entre Nabil Karoui y Kais Saied. Karoui, el candidato populista, defiende un discurso liberal y modernizador, es un empresario de los medios de comunicación perseguido por fraude fiscal y salió de la cárcel hace unos días. Saied, el ultraconservador, es un profesor de derecho constitucional con fama de hombre estricto y rígido.
Desde primera hora de la mañana, a eso de las ocho, los colegios repartidos por Túnez tuvieron una actividad regular, sin apenas colas y con las urnas algo más llenas que en las dos jornadas electorales previas, la primera vuelta de las presidenciales y las legislativas. Medios como «France 24» destacaban en su información el «escaso entusiasmo» de los ciudadanos ante la cita. Conscientes del escepticismo, los candidatos votaron a primera hora para tratar de animar a la población y elevar la participación respecto a la primera vuelta, que se saldó con un raquítico 44% del censo electoral. Unos 25 puntos menos que las presidenciales de 2014.
La victoria de Saied deja la presidencia, la jefatura del Gobierno, el Parlamento y la mayoría de las alcaldías en manos de la corriente conservadora religiosa ocho años después del triunfo de la revolución que derrocó la dictadura de Zinedin el Abedin Ben Ali y desató las ahora marchitadas «primaveras árabes».
