Trump ha mostrado mayor firmeza en Afganistán que su predecesor: rectificó su promesa de retirada unilateral, ordenó en 2017 un refuerzo de 3.500 soldados y hace unas semanas eligió al nuevo enviado especial, Zalmay Jalilzad. Su objetivo último es el final de las hostilidades con un acuerdo de paz durante su presidencia, algo que no lograron ni Barack Obama ni George W. Bush, quien inició la guerra para derrocar precisamente a los mismos talibanes.
Que EE.UU. negocie con la guerrilla islamista es un paso de crucial importancia para poner fin a un conflicto que sigue cobrándose vidas a diario, con constantes hostilidades en zonas rurales y atentados en Kabul.
Acercamientos de Putin
La Casa Blanca no ha confirmado los contactos, que ha revelado Catar. Tras verse con los insurgentes, el enviado especial Jalilzad voló a la capital de Afganistán para reunirse con el presidente de ese país, Ashraf Ghani, cuya cooperación es crucial para lograr un acuerdo.
No sólo EE.UU. está acercándose a los talibanes. En agosto fueron invitados por Vladímir Putin a una conferencia sobre paz en Moscú, que quedó congelada por las quejas del Gobierno afgano.
Aquella invitación fue la demostración de que el Kremlin está ahondando en su expansionismo en el mundo islámico con una decisión realmente insólita: hace tres décadas la URSS sufrió en Afganistán su más humillante derrota, obligada a retirarse por los mismos muyahidines -guerrilleros islámicos armados por EE.UU.- que luego formarían la guerrilla talibán y ampararían a Osama Bin Laden, instigador de los ataques terroristas contra Nueva York y Washington de 2001.
