Aunque el cliché insiste en repetir que el Covid-19 no conoce de líneas de demarcación, la resurrección de las fronteras entre los países del Viejo Continente amenaza con socavar las cuatro libertades fundamentales de la Unión Europea: el libre movimiento de bienes, servicios, capitales y persona. Además de poner en tela de juicio el mercado único y de convertir en papel mojado el acuerdo de Schengen que vincula a 26 países en la eliminación de controles al tránsito de personas y la abolición de fronteras comunes.
Entre los cheerleaders del cierre de fronteras destacan la extrema derecha y los nacional-populistas, cada vez con mayor protagonismo político en diversas democracias europeas. La ironía poco sutil es que estos partidarios del resentimiento y el miedo siempre aborrecieron la idea de eliminar fronteras por el riesgo a las esencias patrias percibido por todos aquellos que compiten para ver quién se parece más a uno mismo.
No podemos superar este reto existencial olvidando que Schengen, por mucho que haya sido cuestionado en los años anteriores a la pandemia, es una de las grandes victorias de Europa. Un logro asociado con prosperidad y la construcción de una identidad común a la que algunos se empeñan ahora en poner mascarilla. Entre los síntomas del coronavirus no debería figurar la amnesia.
