Todo esto ha ocurrido con un Partido Republicano que básicamente ha cesado temporalmente de funcionar como un partido político democrático al convertirse en el instrumento de la voluntad de un solo individuo. En estos dos años rebosantes de oportunismo, el monopolio de poder logrado por el trumpismo en Washington ha resultado anestesiante para los republicanos. Además de la profunda perplejidad que supuso ganar unas presidenciales sin necesidad de formular un mensaje inclusivo o apelar a los mejores instintos de los americanos.
Con el arranque del nuevo Congreso, en el que los republicanos han perdido la mayoría en la Cámara Baja, se plantea también un nuevo pulso por el dominio de la agenda política en Estados Unidos. Todo dentro de un balance de poderes en Washington un poco más repartido que en la jerga política americana se conoce como «gobierno dividido». Y sin perder de vista la gran cita electoral prevista para noviembre del 2020.
Trump se enfrenta a este pulso con un presentido cambio de ciclo económico y aferrado a cuestiones como la seguridad de fronteras, redefinir el sistema de inmigración y hacer realidad su “grande y hermoso” muro con México. Sin reparos en proseguir con el cierre parcial del gobierno federal tras haber demostrado su extrema sensibilidad hacia las críticas de la derecha más mediática.
Para los demócratas se plantea ahora la oportunidad de trabajar en algunas de las cuestiones que les dieron tracción en las últimas midterms como limitar la influencia de los privilegiados “intereses especiales”, rebajar la factura farmacéutica o inversiones en infraestructura. La ventaja de la oposición es un Trump, por primera vez, a la defensiva.
