El pataleo occidental se acalla ocasionalmente con chucherías de niño, como la reciente decisión del régimen de Riad de nombrar a una mujer embajadora en Washington –otra estupenda primicia prescindible– o el permiso para que las féminas saudíes acudan a los estadios de fútbol, por supuesto acompañadas de sus tutores varones. Estalla la noticia de que Google está ofreciendo una aplicación a los saudíes para que puedan controlar los viajes de sus mujeres –y de paso los movimientos de sus empleadas de hogar asiáticas, a las que los patronos retiran los pasaportes por si acaso– y solo surge como respuesta una carta de protesta de un grupo de congresistas norteamericanos. Que ha sido oportunamente enviada por Google a la papelera virtual.
¿Dónde están las organizaciones feministas occidentales, ocupadas en otros menesteres? ¿Quién se atreve a plantear un sabotaje a Google, en defensa de la dignidad de la mujer árabe? El meme que esta semana se hizo viral tiene miga. «Se buscan feministas para manifestaciones en Irán, Qatar, Yemen, Arabia Saudí y Emiratos Árabes».
La situación de opresión que vive la mujer en el mundo árabe es real, no académica. Pero el feminismo occidental la trata con ignorancia e indiferencia. ¿Se pide demasiado cuando se reclama coherencia?. Esta misma semana dimitió una ministra canadiense por los supuestos abusos políticos cometidos por su patrón, el primer ministro Justin Trudeau. «Hay un precio a pagar por actuar según mis principios, pero el coste de abandonarlos es mayor», explicó la titular del Tesoro, Jane Philpott.
