La hoy vicepresidente del régimen de Nicolás Maduro se pasó la advertencia por salva sea la parte y aterrizó en Buenos Aires donde una columna kirchnerobolivariana la acompañó hasta las puertas del Palacio de San Martín, con carteles y voces que reclamaban: «¡Derecho de la mujer! ¡Es una dama!» (sic) para entrar donde tenía prohibido hacerlo.
La pequeña Delcy (es bajita) con un collar de enormes perlas a la garganta, se abrió paso, a empujones, entre el cuerpo de seguridad del Ministerio que hizo de algo parecido a frontón humano. Nadie le puso una mano encima y ella, a paso ligero, subió la escalinata y llegó hasta el salón donde, previsiblemente, se iba a celebrar la reunión de Mercosur. Una vez allí lo único que encontró Delcy fue una mesa con vasos de agua y tazas de café medio vacías, junto a un atribulado David Choquehuanca, canciller de Evo Morales que entonces pedía turno para ingresar en Mercosur.
La escena, insólita, terminó con el segundo de Delcy invocando a protocolo para que acercara una bandera de Venezuela. Pero, lo mejor estaba por pasar. Nicolás Maduro salió en antena desde Caracas para denunciar la violencia ejercida contra la canciller intrusa. «Posiblemente -dijo- tenga una fractura de la clavícula» porque «fue lanzada al piso en la puerta de la Cancillería».
Las mentiras del dictador quedaron desmentidas en los vídeos. Las mentiras del ministro Ábalos deberían quedar, hasta la última, expuestas de la misma manera con las cámaras de Barajas. Por cierto, Delcy corrigió a Maduro: «Sufrí un golpe» pero «no hay fractura».


