El ataque de Quetta contra el régimen de Pekín se suma a la campaña de los islamistas paquistaníes contra Francia para lograr la expulsión de su embajador. París e Islamabad libran desde hace semanas un pulso político a raíz de la recomendación de la Embajada francesa en Islamabad a sus nacionales y empresas de que abandonen el país ante la amenaza de sufrir atentados. El prólogo había sido la declaración del presidente Macron en la llamada ‘guerra de las caricaturas de Mahoma’. El jefe del Estado francés repitió que su país «nunca renunciará a la libertad de expresión». Poco después, el primer ministro paquistaní, Imran Khan, llamó al mundo del islam a «defender con uñas y dientes el nombre del profeta». «Si los 50 países musulmanes se unen y advierten que no comprarán bienes a quien insulte al profeta, veremos qué efecto tiene», amenazó Khan en una declaración recogida el pasado día 19 por la cadena Al Yasira, en la que llamaba abiertamente a declarar un boicot musulmán mundial contra Francia.
El regreso del islam radical a la escena política paquistaní, con sus sendos desafíos a Francia y a China, coincide con el inesperado giro de la política del primer ministro Imran Khan, que en su día se presentó como un valladar frente al extremismo y un amigo de Occidente. La antigua estrella del criquet paquistaní, en una situación cada vez más inestable en el Parlamento de Islamabad, ha acabado plegándose al chantaje de los partidos islamistas, que condicionan su apoyo a que acepte el discurso fundamentalista.