«Lo más probable es que Homo erectus usara la olduvayense como una herramienta conveniente, para uso inmediato. Por ejemplo, si deseas cortar un cable fuera de tu casa y usas una piedra para romper el cable, esa sería una herramienta conveniente», explica a ABC Sileshi Semaw, antropólogo del CENIEH y uno de los autores de la investigación. En el caso de estos homínidos, el cable puede ser sustituido por la carne de un animal.
Para llegar a estas conclusiones, los autores estudiaron dos cráneos atribuidos a esta especie, hallados en el yacimiento etíope de Gona, en el triángulo de Afar, y relacionados con herramientas achelenses (también llamada industria de modo 2) y olduvayenses (modo 1). Uno de ellos está casi completo y fue recuperado en la zona norte del río Dana Aoule (DAN-5). Su antigüedad se estima en 1,5 millones de años. El otro, incompleto y de hace 1,26 millones de años, apareció en el norte del río Busidima (BSN-12), a 5,7 km de distancia. Mientras el segundo es grande y resistente, el primero es más pequeño y flexible y se atribuye a una hembra.
El cráneo de DAN-5, de aproximadamente 590 cc, presenta el menor volumen endocraneal registrado en Homo erectus en África. Y es muy diferente de los 800 cc o 900 cc de otros ejemplares masculinos conocidos del continente madre. Esto indica que era «una especie con dimorfismo sexual», afirma Semaw. Es decir, diferencias que se traducen en «machos grandes y hembras pequeñas». Sin embargo, el cráneo es similar a otros encontrados en el yacimiento de Dmanisi (República de Georgia) con una antigüedad de 1,8 millones de años. Para los investigadores, esto concuerda con la idea de que probablemente esta especie regresó a África posteriormente.
Carnicería y algo más
Estas diferencias de fisonomía también se reflejan en las herramientas que fabricaban. En lugar de hallar los habituales picos o hachas grandes distintivos de Homo erectus, el equipo encontró en Gona bifaces bien elaborados además de multitud de herramientas y puntas romas olduvayenses más toscas. Para qué servían, aún está por ver.
Los grupos que elaboraban herramientas en ambos yacimientos habitaban cerca de ríos primitivos, en entornos con bosques cercanos a espacios abiertos. Su dieta era omnívora. En DAN-5 se desenterró una falange de elefante con marcas provocadas por herramientas de piedra y un hueso de antílope con una incisión por golpe.
«Lo más probable es que las (herramientas) olduvayenses y achelenses más antiguas se utilizaran para procesar la carne de animales y las hachas de mano achelenses para grandes piezas, aunque no estamos seguros de si las cazaban o eran carroñeros», argumenta el autor. Al principio, Homo erectus fabricaba hachas toscamente trabajadas, pero más tarde comenzó a hacerlas simétricas, muy delgadas y bien formadas. «Eran estéticamente agradables y es realmente difícil decir si las hacían solo para la carnicería. Por lo tanto, comprender la complejidad cultural de Homo erectus es nuestro próximo objetivo de investigación», añade.
Se lo llevaron a Dmanisi
«Aunque la mayoría de los investigadores considera que los útiles achelenses desbancaron a las primitivas herramientas olduvayenses tras 1,7 millones de años, nuestro estudio demuestra que la industria de modo 1 permaneció inmutable durante todo el Paleolítico», subraya el investigador. Es más, es posible que los primeros homínidos que migraron desde África a Dmanisi, hace 1,8 millones de años, lo hicieran con tecnología olduvayense y que fuera entonces cuando Homo erectus, que continuó su evolución en África, inventara las herramientas achelenses.
En definitiva, las evidencias de Gona sugieren el uso prolongado y simultáneo de ambas tecnologías por una sola y longeva especie. Como dice Semaw, «Homo erectus ha sido uno de los ancestros humanos más exitosos. Esta especie logró migrar desde África para colonizar el mundo antiguo y pasó más de un millón y medio de años en la Tierra. La pregunta que podemos hacernos es cuánto tiempo viviremos en el planeta como especie comparados con ellos».
«Como un libro electrónico y otro de papel»
María Martinon, directora del CENIEH, valora este estudio, en el que no ha participado, desde diferentes puntos de vista. Por un lado, dice, ya es importante el propio hallazgo de dos cráneos humanos en África pertenecientes a un período en el que el registro fósil es muy escaso y apenas hay datos para tratar de reconstruir la anatomía y comportamiento de los primeros representantes del género Homo. «Pero por otra parte, su singularidad está en la constatación de que dos culturas diferentes, una más primitiva y otra más avanzada, coexistieron en el tiempo», explica. «La idea clásica es que el modo 2, más elaborado, reemplazaba y sustituía al modo 1, un tipo de herramientas más simples y oportunistas. Sin embargo, estos hallazgos revelan que ambos pudieron utilizarse al tiempo, una realidad que, aunque puede sorprender, es fiel reflejo de lo que sucede hoy en día, donde conviven las conversaciones de Whatsapp con las conversaciones en una cafetería, el libro electrónico con el libro en papel, y el email con, cada vez menos, las cartas manuscritas», comenta. A su juicio, este estudio «refleja la flexibilidad y versatilidad de los primeros humanos para innovar pero también para mantener hábitos y costumbres según las necesidades o, quién sabe, las apetencias». Eso nos lleva también a ser precavidos, apunta, «pues no siempre la ausencia de evidencia es evidencia de ausencia».
Para la paleoantropóloga, también es interesante destacar las similitudes de uno de los cráneos encontrados en Etiopía con los hallados en Dmanisi, por lo que podría representar una «reentrada» en África de algo que ya había abandonado la cuna africana. «Con esta evidencia también se desbarataría la idea clásica de que las poblaciones solo se pueden dispersar fuera de África. Una vez se establece comunicación entre dos territorios, la expansión de poblaciones puede ser en ambos sentidos siempre y cuando no haya ninguna barrera, geográfica o ecológica -por ejemplo, la competición con otro homínido-, que se lo impida», concluye.
