El acceso al supermercado, cortado por la policía, se ha convertido en un mausoleo improvisado de rosas rojas y blancas, velas, globos, banderas y 22 cruces, una por cada fallecido. Como Daniela, muchos de quienes lo visitaban ayer contaban historias curiosamente similares: todas eran personas de ascendencia mexicana cuya rutina, de un modo u otro, les suele llevar al Walmart los sábados por la mañana, salvadas en el último momento por un viaje inesperado, un recado, un cambio de planes.
Desde el monumento funerario del Walmart de la masacre se ve México. No es que se adivine en la lontananza: está al cabo de una autopista, a apenas dos kilómetros que muchos de los 22 muertos y 30 heridos recorrían a diario, a pie o en transporte público, para ir a trabajar, hacer la compra o estudiar. Viven entre El Paso y Ciudad Juárez más de dos millones de personas que, como Heriberto Sandoval, no saben ni de dónde son. «Vivo en los dos sitios, tengo familia en los dos sitios», decía ayer este jardinero de 35 años ante el Walmart que frecuenta «desde chiquito». Conoce tan bien este supermercado que está convencido de que el ataque fue premeditado. «Ese asesino condujo desde Dallas, entró, vio que eran todos mexicanos y fue a por el arma. Este sitio es puro mexicano. ¡No mames, venir con un arma aquí es puro racismo!».
