Eso precisamente hicieron con Barack Obama que lo fue perdiendo todo en las elecciones de 2010, 2012 y 2014 hasta quedarse solo, impotente y plañidero frente al Congreso. Harto el votante de un presidente señorito y débil que resultó más catastrófico que Jimmy Carter. Ningún presidente ha hecho perder tantos escaños a su partido como Obama desde hace 60 años. Ahora vuelve a la campaña de un partido en deriva socialista y fragmentación en secta.
Así, el odiado y vilipendiado Trump puede no perder la mayoría de ambas cámaras. Aunque los perfiles personales de los candidatos son decisivos, el Partido Demócrata quiso hacer de estos comicios un plebiscito sobre Trump y este, bueno es, recogió el guante. Horroriza a sus enemigos que no esté aun claro que pierda al menos la Camara de Representantes. Y pueda seguir con mano libre para una agenda conservadora que cambiará la historia de EE.UU. Las magníficas noticas económicas y de empleo, la constancia en la desregulación y reactivación industrial y su mensaje político conservador de firmeza para la seguridad, las fronteras y defensa de la nación pueden acabar dando un disgusto a sus enemigos que creían estar ante el añorado ajuste de cuentas. Pase lo que pase mañana, los enemigos de Trump tienen la frustración asegurada. Porque creían que a estas alturas con conspiraciones, sabotajes, campañas y denuncias habrían logrado el «impeachment» y hasta desalojarlo de la Casa Blanca. Pues ahora tampoco.
