Cuando el demócrata Barack Obama vivía en la Casa Blanca, la UE y Estados Unidos intentaron construir un tratado comercial que habría sido el mayor espacio económico del planeta, mucho mayor que el que China acaba de crear con sus vecinos. Entre Estados Unidos y la UE representan –todavía– prácticamente la mitad del PIB mundial y lo más importante habría sido que el acuerdo incluía una convergencia regulatoria, es decir, que las reglas de fabricación, de seguridad o de protección de los consumidores que se hubieran establecido entre Estados Unidos y Europa habrían acabado siendo el estándar global, incluso para China. Trump acabó con este proyecto y aún no está claro que Biden piense recuperarlo para volver a intentar esa alianza. Es posible que el paso dado por China tenga repercusiones en ese sentido.
En todo caso, lo que los dirigentes europeos han considerado como la lección que debían extraer de lo que ha sucedido en los últimos años es que es necesario construir cuanto antes un sistema propio para defender sus intereses, que no dependa ni de los vientos en China ni de las tempestades en Estados Unidos. La pandemia ha reforzado este convencimiento, a la vista de que hasta el grueso de los materiales médicos necesarios para los hospitales europeos se fabrica en China y que ello contribuyó de forma decisiva a los problemas de gestión de la salud pública en los primeros momentos.
La decisión de reforzar la autonomía europea incluye por supuesto la defensa, pero sobre todo la tecnología. El debate sobre la ideoneidad de depositar en firmas chinas toda la infraestructura de la siguiente etapa de la revolución informática, el 5G, acaba de empezar y no es fácil que se resuelva pronto.
