Lo que les ha dicho es que su gente “está cansada y agotada” por la guerra y que “anhela un futuro mejor que pasa por la reconciliación y la paz”. Les ha recordado que el primer deber de un gobernante es proteger a los ciudadanos y custodiar la paz y ha elevado además una súplica a Dios para que estos “pobres y necesitados” sursudaneses obtengan “paz y justicia”. Pero, sobre todo, si algo ha hablado no han sido las palabras del Pontífice, sino un gesto tan imprevisto como potente. Francisco se ha dirigido a Salva Kiir, a Riek Machar y a quienes serán dos de los futuros vicepresidentes del gobierno de transición y les ha besado los pies. No sin dificultad, el Papa se ha agachado para implorar así que se mantenga el armisticio y cese la violencia.
Aunque quizá lo que hoy se arregle en Roma se puede desbarartar mañana en Juba por la caída del régimen de Omar al Bashir, uno de los principales garantes del acuerdo de paz suscrito entre Kiir y Machar el pasado septiembre. El cambio de gobierno en Jartum podría acarrear mayor inestabilidad para su vecino del sur.