El futuro del mundo depende de Wisconsin

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Como era en gran parte previsible, la madrugada del 4 de noviembre del año 2020 nos ha saludado sin un vencedor claro en las elecciones presidenciales de los Estados Unidos. A pesar de los pronósticos de sociólogos y analistas, la «ola azul» que profetizaba una barrida demócrata frente a un desacreditado Trump ha vuelto a errar en sus pronósticos y el populista que desde hace cuatro años habita la Casa Blanca, resiste en el Despacho Oval y se defiende cantando victoria y acusando a sus adversarios de trucar el proceso. Que, pendientes los recuentos del voto por correo y del depositado tempranamente, sólo finalizará cuando los datos de todo lo emitido llegue a conocimiento de los sistemas de control electoral en un tiempo todavia incierto y con un transcurso agitado: tiempo le ha faltado a Trump para pedir al Supremo algo que no está en sus facultades, descartar el recuento de los votos depositados con anterioridad. Y el juego maligno del momento se concentra en saber si será Wisconsin, o Michigan, o Pensilvania los que, según el anticuado sistema mayoritario del Colegio Electoral, concedan sus preferencias a uno o a otro candidato.

En la incertidumbre del momento, los candidatos han apresurado sus comparecencias para evidentemente calmar las ansiedades de los seguidores. Biden recordando que la liga sigue siendo larga e incierta. Trump tuiteando que la victoria ya estaba conseguida. Es cierto que a estas horas hace cuatro años Hillary Clinton ya había reconocido su derrota frente a Trump, el triunfante inesperado. No menos cierto resulta constatar que los demócratas no han conseguido enmendar del todo los errores que en 2016 provocaron su derrota: el abandono político de los Estados venidos a menos del «rust belt», el «cinturón de óxido» industrial poblado por el «white trash», la «basura blanca» tradicionalmente demócrata. Y por añadidura, el error en la elección del candidato: no fue Hillary Clinton la mejor de las selecciones ni lo ha sido ahora Joe Biden. Sobre todo cuando en las de este momento mas que una elección entre opciones ideológicas se trataba de un plebiscito sobre Donald Trump, el mas errático, imprevisible, ignorante y mal encarado presidente que ha tenido los Estados Unidos probablemente en toda su historia. Y con todo, ahí está, recibiendo las decenas de millones de votos que entonces y ahora, gane o pierda, le otorgan la parte de sus conciudadanos dispuestos a continuar la arriesgada pendiente del populismo desorejado, del aislacionismo nacionalista y de la ruptura de las lineas básicas del multilateralismo liberal que los mismos Estados Unidos habían mantenido en la esfera internacional desde hace ochenta años. E incluso dispuestos a olvidar las catastrófica gestión de la pandemia del Covid-19 propiciada por un Presidente marcado por el negacionismo hasta sus últimas consecuencias.

Así es la democracia, se dirá, y es verdad: así es. Y así es el anticuado sistema electoral mayoritario que permite les deformaciones del sentido del voto nacional. Hillary Clinton superó al Trump de hace cuatro años por más de tres millones de votos. En el momento de escribir estas lineas, y aun sin conocer el cómputo total de los votos emitidos, Biden supera al todavía presidente por dos millones de votos. Desde luego no cabe utilizar en contra de Trump los argumentos que él utiliza en contra de sus adversarios: no existe democracia sin exigencia ética y esta exige, entre otras muchas cosas, el respeto profundo a las leyes y a las instituciones. Precisamente lo que Trump vulnera diariamente con sus hechos y con sus dichos.

Volvamos al principio: todavia no sabemos los resultados definitivos y frente a ellos hemos de desplegar nuestra batería de reacciones. Todos ya sabemos donde está Iowa. Todos ya tememos lo que será de los EE.UU. y del mundo si Trump vuelve a ganar. Esperamos que una victoria de Biden devuelva a los americanos y a todos los ciudadanos del mundo -que siempre hemos lamentado no poder participar en la elección del personaje más poderoso de la tierra- la senda de racionalidad previsible que en lineas generales ha marcado la peripecia del gigante desde finales de la II Guerra Mundial. Y en cualquier caso estemos preparados para otra fase: aquella en la que, salga quien salga, actuemos de modo y manera en que nuestros destinos estén, al menos en parte, menos pendientes de lo que se decida en Washington y más atentos a los que aquí o en otras partes del mundo hagamos por nuestros propios medios. No vaya a ser que en algun momento nos sintamos obligados a parafrasear lo que Porfirio Diaz pensaba de su gran vecino: «Tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos».