Si la medida del éxito político de un hombre consiste en dividir a una comunidad, hay que decir que Chávez triunfó. En la década comprendida entre el 2002 y el 2012, aproximadamente, la venezolana fue una sociedad de capas fracturadas. Uno de esos rompimientos, posiblemente el más doloroso, ocurrió en el seno de las familias. Los vínculos entre parejas, entre padres e hijos o entre hermanos se quebraron. Amigos que lo fueron por décadas se distanciaron o pasaron a la condición de enemigos. Quiero decir con esto que la polarización no se limitó a la esfera pública, sino que penetró, nada menos, que en nuestros hogares. Enturbió la convivencia. En muchos casos, tiñó de amargura y alteró para siempre la calidad de los intercambios entre seres queridos.
Hubo unos años, en que casi nada escapó a la polarización en Venezuela. En centros de trabajo, las afinidades pre-Chávez se acabaron y dieron paso a la formación de bandos politizados y confrontados. En centros hospitalarios, en todos los niveles de la administración pública y del sistema educativo público se abrió la brecha, entre los que estaban a favor y los contrarios al «proceso». Hasta el Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas -IVIC-, cuyo carácter científico no permitía prever semejante fragilidad, quedó expuesto a los embates de la polarización y, en consecuencia, sufrió un debilitamiento del que no ha logrado recuperarse.
Aduladores de Chávez, oportunistas de toda ralea y dirigentes en busca de beneficios, se dieron a la tarea a elaborar listados de apoyo. La lógica del remitido en apoyo a la dictadura tiene una peligrosa doble vertiente: quien no lo firma, de inmediato se vuelve sospechoso. Entra en la lista de los enemigos. En la fallida historia del régimen de Chávez y Maduro, el capítulo de los abajo-firmantes del «sector cultural» es uno de los más patéticos y vergonzosos.
Quien vuelva a lo ocurrido en la Rusia de Lenin, en la Italia de Mussolini, en la Alemania de Hitler o en la China de la Revolución Cultural encontrará el mismo trasfondo: la polarización es siempre la antesala a la persecución. Polarización y persecución son el anverso y reverso de las revoluciones. Una primera forma de acoso se produjo en forma de exclusión: listados cada vez más abultados de personas a las que les fueron negados sus derechos al trabajo, a la salud, a pensiones, a la educación y a otros beneficios. No solo la conocida Lista Tascón, que despojó de sus derechos ciudadanos a casi 2 millones 500 mil ciudadanos, sino decenas de otras que circularon en manos de jerarcas rojos, fueron causa de despidos, impedimento de trámites, negaciones de diverso tenor y expedientes que, en algunos casos, escalaron hasta tribunales y mucho más. Los revolucionarios protagonizaron en nuestro país, la que ha sido su práctica policial y judicial histórica: utilizaron las instituciones para acorralar y propagar el miedo.
Pero a partir del 2012, a velocidad sorprendente, la polarización comenzó a desinflarse. El número de excluidos, procesados, presos, torturados, asesinados y víctimas del régimen, comenzó a multiplicarse. La sociedad venezolana comenzó a entender los vínculos entre la escasez, el hambre, la enfermedad y la hiperinflación, y las perversas conductas de un régimen que, además de corrupto y delincuente, excluía y perseguía de todas las formas posibles.
No solo se acabó la polarización, sino que el poder se fue revistiendo de nepotismo y de formas oligárquicas cada vez más extremas: una minoría dictatorial, cada vez más reducida, que somete y aplasta a la inmensa mayoría de la población, con el uso de recursos policiales, militares y judiciales. La situación venezolana de hoy, nada tiene que ver con polarización. El actual es un escenario unilateral: una dictadura, cada día más brutal y embrutecida, que propaga un sufrimiento incalculable al 99% de las familias venezolanas. El nuestro ya no es un país partido en dos. El imaginario de dos bandos equivalentes que mantienen una lucha sorda, que impide el diálogo y posibles acuerdos, es falsa, absurda y ajena a la realidad.
Solo al gobierno le interesa propagar, especialmente fuera de Venezuela, la imagen del país polarizado, para ocultar el dantesco espectáculo de persecución, muerte por hambre o por escasez de medicamentos. Los aliados y cómplices de Maduro insisten en repetir en que «el problema de Venezuela» es producto de la tozudez de quienes se niegan a dialogar. La estrategia, otra vez, consiste en negar lo que es evidente: que el país está sumido en una crisis humanitaria que se extiende y profundiza, hora tras hora; que el poder no tiene interés en ningún diálogo, salvo que le resulte beneficioso para ganar tiempo o para dividir a la oposición; y que siguen las detenciones a quienes exigen sus derechos, que la tortura está cada vez más establecida y que las violaciones a los derechos humanos son el pan nuestro de cada día.
