Parte de las utopías recalentadas de la izquierda latinoamericana, Morales logró convertirse en el primer presidente indígena de Bolivia entre promesas inclusivas, esperanzas de buen gobierno y ambiciones de justicia social. Su década en el poder, pese a la bonanza económica, ha terminado en un profundo desengaño, hasta el punto de no contar con el respaldo de las fuerzas armadas y la policía para perpetuarse en el poder.
El desacreditado régimen de Morales forma parte de esa gran paradoja política contemporánea: cada vez hay más elecciones en un mundo menos democrático. Es lo que los politólogos británicos, Nic Cheeseman y Brian Klaas, identifican como counterfeit democracies (democracias falsificadas): aquellos gobiernos que en búsqueda de cierta estabilidad convocan de forma regular elecciones totalmente manipuladas con el fin de hacerse pasar por democracias verdaderas, y de paso dividir todavía más a la oposición.
El caso de Bolivia ilustra perfectamente una de las principales conclusiones de Cheeseman y Klaas: para amañar unos comicios, la noche del recuento es demasiado tarde. Los fraudes más efectivos son las que tienen lugar con meses de antelación a la cita electoral, cuando no hay incómodos observadores internacionales sobre el terreno y las argucias pueden ser presentadas como decisiones «técnicas» o incluso «legales». Si en lugar de manipular descaradamente el recuento oficial, Evo Morales hubiera aplicado una discreta premeditación, posiblemente seguiría siendo presidente de Bolivia.
Una genuina democracia no se limita a guardar las apariencias a través de las urnas, sino que para garantizar que los ciudadanos puedan elegir a sus gobernantes se requiere el concurso de otros elementos tan fundamentales como el imperio de la ley, la libertad de Prensa, o la rendición de cuentas.
