Messina es un personaje invisible. Tiene una hija a la que jamás ha visto. Se sabe que de joven fue amante del lujo y de las mujeres. También, un misógino, un asesino despiadado capaz de ordenar homicidios de jueces que eran héroes nacionales -como Falcone y Borsellino- o de cometer asesinatos por los celos más banales. Por su delgadez, lo llamaban «U siccu» («El seco») y su mirada está marcada por un ligero estrabismo. Él mismo adoptó el apodo de «Diabolik». Testimonios mafiosos han referido que se hizo cirugía plástica en Bulgaria y que se operó el estrabismo en la clínica Barraquer de Barcelona.
Se trata del mafioso más rico de Cosa Nostra. En el proceso que ha condenado a Messina, el excapo Antonino Giuffrè ha descrito a «la mafia de trapanese como la más fuerte, hasta el punto de convertirse en un punto de encuentro entre los países árabes, América y la masonería».
Este jefe de la mafia ha acumulado un auténtico tesoro, que gestiona con generosidad como estrategia de administración de su enorme poder. Quiere ser invisible para no hacer ruido y así tutelar mejor sus intereses económicos y los de Cosa Nostra. Su detención es el gran desafío para el Estado italiano. El periodista siciliano Lirio Abbate, subdirector del semanario «L’Espresso», autor de la biografía «U Siccu, él último capo de capi», explica a ABC por qué el Estado es incapaz de atraparle: «Messina Denaro vivió al lado de Totó Riina y a su muerte se quedó con su red y sus secretos. Con el mucho dinero que ha hecho -tráfico de drogas, negocios inmobiliarios, usura…- tiene en su mano a políticos y empresarios, y ha contaminado sectores productivos, del norte al sur de Italia. Incluso, se ha visto favorecido por las fuerzas del orden, como se ha reflejado en las investigaciones, detenciones y procesos. Corrompiendo a tantos, tiene tal ventaja que hoy el Estado es incapaz de detenerlo».
Messina es una suerte de fantasma, amparado por su red oculta. No se conoce su cara, ni su voz, ni sus huellas digitales. Es el auténtico rostro de la mafia.
