«Ningún impuesto en el mundo vale la pena si pone en peligro la unidad del país», ha dicho el primer ministro francés para justificar la retirada vergonzante del proyecto gubernamental de nuevas tasas para el combustible. Lo que ha ocurrido ha sido exactamente lo contrario. Fue la unidad de los franceses en la bronca contra el gobierno del presidente Macron lo que ha producido su derrota sin paliativos. Franceses de todas las regiones, de todas las ideologías -aunque los alborotadores se sitúen en las filas de los radicales de izquierda y derecha-, y de diversas clases sociales, han acudido a las convocatorias de las protestas en calles y carreteras. En cierto modo, el fenómeno de los «chalecos amarillos» está teniendo la transversalidad de otros fenómenos nuevos en la vida política europea, como por ejemplo el de Vox, que tanto desconcierta a algunos.
No son planteamientos ideológicos, como los que rodearon a Mayo del 68, con raíces existencialistas o filomarxistas. Es el problema cotidiano del coste de la vida, de los anuncios de alza de precios y reducción de salarios en aras de políticas medioambientales vaporosas, del desprecio y alejamiento de la realidad de las clases medias por parte de muchos gobernantes. Protestan pacíficamente los que abominan del lenguaje políticamente correcto y creen que la ira es la ira, no un descontrol del carácter; que la pereza es la pereza, no fatiga crónica; y quieren llamar al pan, pan, y al vino, vino.
