Sin embargo, la sospechosa metamorfosis del informe saudí –blanqueado con el gel hidroalcohólico de multimillonarios intereses– está sirviendo como argumento adicional para el creciente debate sobre si será posible para la Administración Biden recomponer los platos diplomáticos rotos por el anterior ocupante de la Casa Blanca. Muy a pesar de todos los esfuerzos del America is back con los que el nuevo gobierno de Estados Unidos quiere volver a la senda del multilateralismo, la cooperación y un mayor equilibrio entre valores e intereses en política exterior.
Tanto aliados como rivales, como ha recordado el Washington Post, han empezado a compartir serias dudas sobre la fiabilidad de unos Estados Unidos tan divididos y donde el nacional-populismo no puede considerarse una aberración temporal. A nadie se le escapa que el péndulo político puede volver a oscilar en las próximas elecciones presidenciales previstas para el 2024. De hecho, la reaparición de Donald Trump en Orlando, a dos meses escasos del asalto al Capitolio, no ha hecho más que alimentar las dudas sobre la solidez de los nuevos compromisos internacionales de la Administración Biden.
Ante la posibilidad no descartable de otro giro copernicano en la política exterior de Estados Unidos, algunos aliados han empezado a repartir riesgos. Un buen ejemplo sería la Unión Europea que explora una menor dependencia del amigo americano en materia de seguridad y defensa, además de asegurar su comercio con China. Por eso la credibilidad se ha convertido en el gran reto de una política exterior dominada por decisiones que pueden revertirse de un plumazo.