Ciencia & Tecnología

Published on diciembre 7th, 2018 | by TecnoInfoRD

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Rudolf Weigl, el científico que creó un ejército de piojos contra los nazis

La mítica película «La lista de Schindler» hizo famoso al empresario alemán Oskar Schindler, quien salvó de morir en el Holocausto a más de 1.000 judíos polacos a los que empleó como trabajadores de sus fábricas. Sin embargo, hubo muchos otros Oskar Schindler en quienes Steven Spielberg no se fijó para hacer su película, pero cuyo arrojo significó la diferencia entre la vida y la muerte en una de las etapas más oscuras de la Humanidad, la Segunda Guerra Mundial. Una de esas personas es el biólogo polaco Rudolf Weigl, de quien se puede decir que creó un ejército de piojos para luchar contra los nazis.

Rudolf Weigl (1883-1957) nació en Moravia, localidad perteneciente en aquel entonces al imperio Austro-Húngaro. Su padre murió al poco, y su madre se casó de nuevo con un profesor polaco, por lo que toda su formación la llevó a cabo en Polonia. Wiegl se especializó en parasitología y se le atribuye la primera vacuna efectiva contra el tifus, una enfermedad de gran mortalidad que en gran medida era contagiada por los piojos, pulgas y otros insectos y ácaros a través de la ropa.

Bacterias por el ano de piojos
En la Primera Guerra Mundial, cuando los investigadores solo utilizaban conejos, cobayas y ratones para el estudio, Weigl revolucionó la ciencia con su nuevo animal experimental: el piojo. Baratos y fáciles de reproducir, ideó un sistema para cultivar la bacteria
Ricketsia prowazekii

-causante del conjunto de enfermedades infecciosas conocidas como tifus- en grandes cantidades en el intestino de los piojos. Para ello, Weigl inoculaba con una aguja más fina que un capilar por el ano del insecto (así es, por el ano) esta bacteria. Después, alimentaba sus granjas de piojos con sangre humana -incluida la suya propia- para después manipular las tripas de los insectos y conseguir la preciada vacuna.

Al poco tiempo de desarrollar este método, los nazis invadieron Polonia. Conscientes de la importancia de sus hallazgos, le propusieron continuar con sus investigaciones al servicio de Adolf Hitler. Aunque pudiera parecer una traición, Weigl vio una oportunidad. «En el momento de la primera deportación de la población judía de Leópolis, se le hizo la oferta de liderar como académico el Instituto de la Academia de Moscú», cuenta Eugenio Manuel Fernández, autor de «Eso no estaba en mi libro de Historia de la Ciencia». De una manera muy elegante, rechazó la propuesta y consiguió que se ampliaran sus instalaciones polacas, que ofrecerían el mismo refugio que las fábricas de Schindler.

Los «alimentadores», unos «apestados»
Sus granjas de piojos necesitaban alimento y qué mejor que los muslos de sus compañeros judíos, que de otra forma serían deportados a campos de concentración, para «donar» su sangre a la ciencia. Científicos como los matemáticos Stefan Banach, Wladyslaw Orlicz y Bronislaw Knaster; el economista Jerzy Albrecht; el médico, biólogo y sociólogo Ludwik Fleck; o la microbióloga y especialista en botánica Helena Krzemieniewski. Incluso el director de orquesta Stanislaw Skrowaczewski.

Gran parte de esta plantilla se convirtieron en «alimentadores»: su función era colocarse durante una hora al día una especie de cinturones repletos de «jaulas» de piojos alrededor del muslo para alimentar a los feroces artrópodos. Para mayor dramatismo, a estos trabajadores se les colocó un cartel que rezaba «Apestado». «Los miembros de la Gestapo preferían no acercarse mucho a aquellas extrañas personas ataviadas con bata y que andaban jugando con piojos, pues morirse de tifus en la época no era nada difícil», señala Fernández.

En realidad, los «alimentadores» no sufrían peligro de contagio, ya que cada una de estas cajas tenía un diminuto agujero por el que el piojo sacaba la cabeza y mordía; sin embargo, las bacterias se propagaban por las heces de estos insectos, al rascar las heridas.

Además, sus acciones no quedaron ahí: también enviaba de forma clandestina vacunas a importantes guetos como el de Varsovia, colaborando en secreto con el AK (el Ejército polaco de la resistencia).

«Mostró su grandeza como científico, ciudadano y patriota»
Entre las personas que salvó Weigl se encontraba el doctor en medicina y profesor de microbiología Stefan Krynski. Weigl dio trabajo a Krynski, quien llegó de manera ilegal hasta la ciudad donde se experimentaba con los piojos. «La ocupación de Leópolis por el ejército alemán en 1941 creó una situación completamente nueva, en la que Weigl mostró su grandeza no solo como científico, sino como ciudadano y patriota», escribió en 1967 el doctor polaco en un artículo en homenaje a su mentor.

«El instituto creció en progresión geométrica: miembros de la universidad amenazados con la deportación para trabajar de esclavos en Alemania, estudiantes, jóvenes y miembros del movimiento de resistencia estaban protegidos por un empleo ficticio en el instituto, formando un personal peculiar del establecimiento de producción de vacunas», relataba en dicho escrito.

Los últimos años de Weigl
Con el fin del nazismo, el instituto acabó trasladándose a Cracovia. Sin embargo, desacuerdos entre Weigl y las autoridades políticas del momento, que querían que se desvinculase de la producción de la vacuna, acabaron provocando la desidia generalizada. El científico polaco, un héroe de su época, se centró en su faceta docente. «Así se desperdiciaron los últimos diez años de vida de Weigl», lamentaba su pupilo. Moriría el
11 de agosto de 1957.

Krynski concluye: «Fue un brillante investigador experimental y creador de un método nuevo e inusual, que en el pasado administró una vacuna y continúa teniendo grandes posibilidades en el futuro. Nada humano era ajeno a él; sus méritos fueron grandes, así como sus errores y logros científicos. Su trabajo no solo era suyo, sino que es parte de la ciencia polaca que debe ser defendida, pero no minimizada».

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