La historia de cómo Plutón recibió su nombre

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Plutón fue durante setenta y seis años el Finisterre de nuestro sistema solar. Todo cambió el 24 de agosto -festividad de San Bartolomé- del año 2006 cuando este planeta fue degradado por la comunidad científica a la condición de

planeta enano.

Tan sólo dos años después el comité ejecutivo de la Unión Astronómica Internacional se arrepintió de la medida tomada y decidió recalificarlo con un término menos despectivo: “plutoide”. Esta designación se usa para referirse de forma genérica a todos aquellos objetos ubicados más allá de Neptuno.

La verdad es que la vida de Plutón ha estado plagada de desencuentros. Fue en 1905 cuando el astrónomo norteamericano Percival Lowell (1855-1916) dedujo su existencia y calculó su posición en el firmamento, sin embargo, fue incapaz de descubrirlo. Ante tal fiasco científico decidió bautizarlo con el nombre de “planeta X” –desconocido-.

Lowell era un millonario aficionado a la astronomía que durante mucho tiempo se había dedicado a estudiar el planeta Marte, en donde llegó a afirmar que existían unas acequias que utilizaban los marcianos para transportar el agua desde los polos hasta el ecuador del planeta rojo.

Catorce años después de la muerte de Lowell entró en escena otro científico estadounidense, Clyde Tombaugh (1906-1997). Mientras trabajaba en el observatorio Lowell, y tras revisar miles de imágenes, detectó un planeta muy próximo a la zona que indicó Lowell. De esta forma el misterioso planeta X se convirtió en el primer planeta descubierto por un estadounidense.

Este mundo se las trae, no sólo es minúsculo –su tamaño es inferior a la Luna- sino que además tiene una órbita inclinada, concretamente diecisiete grados, siete más que la órbita de Mercurio, que es la siguiente en cuanto a inclinación.

El Observatorio Lowell tenía el derecho a bautizar su descubrimiento, pero antes de tomar una determinación solicitó sugerencias. Los científicos recibieron miles de cartas con todo tipo de propuestas. Una de ellas procedía de Inglaterra, desde allí una niña de once años llamada Venetia Bourney sugería nombrar al planeta X como Plutón, el dios del inframundo.

A finales de marzo de 1930 los astrónomos tenían tres finalistas: Plutón, Minerva y Cronos.

Posiblemente, el triunfo se lo habría llevado el último, de no haber sido formulado por Thomas J. Jackson See, un astrónomo con una deplorable reputación que se había ganado la inquina de la comunidad científica.

Al final triunfó por unanimidad Plutón y la pequeña Venetia recibió cinco libras como premio por su labor. La verdad es que los científicos nunca han sido pródigos en generosidad económica. Sin embargo, el mayor galardón llegó muchos años después: en 1987 se resolvió nombrar el asteroide 6235 como Burney, en su honor.

El nombre de Plutón fue del agrado de Tombaugh desde el principio, ya que sus dos primeras letras (“PL”) eran, curiosamente, las iniciales de Percivall Lowell.

Al final del sistema solar… el inframundo

Plutón no estaba solo, tenía sus satélites, concretamente cinco. La primera luna fue descubierta en 1978 y se bautizó con el nombre de Caronte, el barquero de la mitología griega que transporta las almas de los muertos por la laguna Estigia hasta el Hades. Los satélites Nix –diosa griega de la noche- e Hidra –monstruo mitológico de las tres cabezas- fueron descubiertas en el año 2005 por el telescopio Hubble.

Los dos restantes, Cerbero y Estigia, tuvieron que esperar hasta los años 2011 y 2012, respectivamente. La primera luna hace alusión al perro de tres cabezas que vigila la entrada al Hades y la última es el nombre de la laguna mitológica que marca el límite del Averno.

Para finalizar una última curiosidad, un tanto macabra, en el interior de la reputada sonda New Horizons viajan parte de las cenizas de Clyde Tombaugh. Además, en la sonda espacial hay una inscripción funeraria:

“En el interior están los restos del estadounidense Clyde W Tombaugh, que descubrió Plutón y la tercera zona del sistema solar. Hijo de Adelle y Muron, esposo de Patricia, padre de Anette y Alden, astrónomo, profesor, equivoquista y amigo”.

Pedro Gargantilla es médico internista del Hospital de El Escorial (Madrid) y autor de varios libros de divulgación.