Ciencia & Tecnología

Published on diciembre 4th, 2018 | by TecnoInfoRD

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¿Hemos sido caníbales alguna vez?

No hay que ir muy lejos para encontrar las señales del canibalismo. No son algo exótico. Las tenemos, como quien dice, a la vuelta de la esquina. En Atapuerca, la sierra de Burgos, se produjo el caso más antiguo conocido. Hace unos 800.000 años, un ancestro que probablemente compartimos con los neandertales, bautizado como Homo antecessor, devoró a buen número de los de su propia especie, la mayoría niños de corta edad, según se dedujo de las marcas encontradas en los huesos. Las razones de aquella matanza siguen siendo un misterio. En un principio, se consideró que se trataba de una práctica cultural, aunque otras teorías apuntan a rivalidades entre grupos por el dominio del territorio. Los chimpancés se comportan de forma parecida.

Los neandertales, esa especie inteligente con la que convivimos en Europa durante varias generaciones antes de que desaparecieran hace unos 40.000 años, también probaron la carne de sus congéneres. Una de las últimas evidencias de esta práctica ha sido descubierta en las cuevas de Goyet, en lo que hoy es territorio belga, donde aparecieron huesos humanos fracturados para sacarles la médula. Entre ellos, los de un niño y un recién nacido. Antes ya se habían detectado algunos casos de antropofagia en poblaciones de neandertales establecidas en Asturias (El Sidrón), Granada (Zafarraya) y en Francia (Moula-Guercy y Les Pradelles).

Semejantes historias ponen los pelos de punta a cualquiera, de eso no hay duda, pero quizás sus protagonistas no fueran (siempre) tan sanguinarios como en un principio pueda parecer. Al menos, no de la forma que habitualmente nos viene a la mente cuando se menciona el canibalismo y que el cine, con personajes como Hannibal, interpretado por Anthony Hopkins en la existosa película «El silencio de los corderos» (1991), ha ayudado a popularizar.

Entierro secundario
Sang-Hee Lee, paleoantropóloga especializada en evolución humana y profesora de la Universidad de California, explica en su último libro, «¡No seas neandertal! Y otras historias sobre la evolución humana» (Debate), que la leyenda negra sobre el canibalismo humano tiene sus matices. Y subraya: «En efecto, existen pruebas de un comportamiento caníbal antiguo, pero no podemos llamar caníbales a quienes se comportaron así».

Para empezar, la autora explica que los restos humanos con marcas no implican necesariamente que sus dueños fueran devorados, ya que las señales pueden proceder de otros rituales mucho más inocentes. La cueva de Krapina, en Croacia, es famosa por los enterramientos neandertales de mujeres jóvenes y niños con los restos fragmentados y con unos cortes peculiares. Los paleoantropólogos lo interpretaron rápidamente como una prueba de canibalismo, pero existe una explicación alternativa: la posibilidad de un «entierro secundario». Se trata de un sepelio ritual en el que el muerto es exhumado para limpiarle los huesos y después vuelto a enterrar. En esos casos, las marcas proceden de la limpieza detallada y el segundo entierro. Las marcas vistas en Kaprina eran muy similares a las encontradas en otros lugares confirmados de entierros secundarios. De estar en lo cierto, no existió canibalismo.

Un ritual de cariño
Sang-Hee Lee también apunta que el canibalismo pudo ser una excéntrica forma de presentar respeto y cariño a los muertos, como lo hacían los fore de Papúa Nueva Guinea. A mediados del siglo XX, se conoció que estas gentes consumían parcialmente a sus parientes muertos (cerebro e intestinos incluidos) como una forma de hacer que continuaran en el mundo de los vivos. En otras ocasiones, dice la científica, la ingesta de carne humana puede ser parte de una venganza (como lo que parece pasó en Atapuerca), o deberse a una necesidad imperiosa ante circunstancias extremadamente rigurosas donde faltan otros recursos para alimentarse, como no es raro que ocurriese durante la Edad de Hielo en el Pleistoceno. ¿Acaso no les quedó más remedio a los jugadores de rugby uruguayos cuyo avión se estrelló en los Andes en 1972 que comerse los cuerpos de sus colegas muertos para sobrevivir? ¿Alguien les llamaría caníbales? Está claro que no.

La autora recuerda que ya sea que esta práctica esté motivada por el amor o por el odio, una cosa está clara acerca del canibalismo entre humanos: «No hay ninguna población humana que se coma a otros de la misma especie como parte de una dieta regular. En otras palabras, comerse a otro humano nunca forma parte del repertorio de comportamientos normales», explica. A su juicio, los fósiles de homininos del pasado exigen de nosotros una interpretación más creativa e imaginativa: pudieron haberse comido a sus compañeros para recordarlos, para vengarse durante la guerra o para sobrevivir. Sin duda, nuevos hallazgos podrán arrojar luz sobre uno de los capítulos más inquietantes de la evolución humana.

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