«…Ha habido una brisita bolivariana»

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La declaración el pasado martes 8 de octubre de Diosdado Cabello, presidente de la oficialista Asamblea Nacional Constituyente de Venezuela, es el mejor resumen de lo que está pasando en el cono sur del continente Americano: «En Ecuador, Perú y Argentina ha habido una brisita bolivariana». El auge del peronismo kirchnerista en Argentina se ha visto complementado en las dos últimas semanas con el golpe de estado de facto que se ha perpetrado en Perú y con la sublevación callejera contra el presidente constitucional ecuatoriano, Lenín Moreno.

El caso al que menos atención se ha prestado en España es el de Perú, donde el presidente Martín Vizcarra ha disuelto inconstitucionalmente el Congreso y se queda con poderes casi dictatoriales durante cuatro meses. Sorprende mucho cómo algunos de los que denunciaron con virulencia –y con razón- el golpe de Estado de Alberto Fujimori cuando cerró el Congreso el 5 de abril de 1992, ahora aplauden a Vizcarra.

El congreso disuelto era un congreso que estaba en manos de formaciones que a mí me parecen indeseables. Pero es el Congreso que eligieron los peruanos hace tres años en las mismas elecciones en las que dieron el poder al presidente Kuczynski y a su vicepresidente, Vizcarra, que lo sucedió el año pasado cuando el primero tuvo que dimitir por causas de corrupción. Como bien explica el político de centro izquierda Alfredo Barnechea «la crisis actual se debe a un ejecutivo sin norte y un Congreso obstruccionista. Ambos lados defraudaron a los peruanos y unos y otros blindaron clamorosas corrupciones.»

Bajo la constitución vigente, un presidente tiene derecho a disolver un Congreso si le niega dos veces la confianza al Gabinete presidencial. Este Congreso ya había censurado el Gabinete de Kuczynski en 2017. Pero esta vez no censuró al Gabinete de Vizcarra, sino la elección de un magistrado del Constitucional, materia que corresponde al Legislativo. No se ha censurado al presidente en ningún momento. Y él ha disuelto el Congreso «de forma ilegal e inconstitucional» según Barnechea y otras voces autorizadas. El influyente periodista peruano Jaime Bayly reaccionó al golpe de Vizcarra diciendo que «no es un dictador, no todavía», pero sí «es sospechoso de serlo, o de querer serlo. Y eso ya es bastante malo». Según él, el Perú no ha vuelto a ser una dictadura «pero la democracia ha quedado lisiada, minusválida. El Perú es hoy una democracia con muletas».

Vizcarra es un presidente sin respaldo de ninguna clase en el Congreso saliente. Él se ha rodeado a lo largo del último año de la izquierda más radical, la que se había quedado sin voz. Uno de los representantes de la izquierda más dura del Perú, el expresidente regional de Cajamarca, Gregorio Santos Guerrero saludó el cierre del Congreso por la Policía con un tuit en el que pedía la convocatoria de una gran concentración popular para redactar una nueva Constitución. Eso suena a chavismo puro.

Si unimos esto a lo que vemos al otro lado de la frontera con el presidente huyendo de la capital de la república y parapetándose en Guayaquil, resulta evidente que hay en la región movimientos coordinados para subvertir la democracia vigente. Lenín Moreno es un hombre que viene de la extrema izquierda –como no puede ser de otra manera con ese nombre- pero que ha abandonado las políticas más radicales de su predecesor, Rafael Correa y éste está agitando a las masas contra el presidente. Impresiona ver y leer algunas crónicas de lo acontecido en Ecuador. La legitimidad democrática de Moreno ha decaído para muchos periodistas. Siempre da más audiencia una revuelta que el orden constitucional. Me pregunto yo si un levantamiento popular contra el Rafael Correa amigo de Julian Assange –al que Moreno entregó a la Policía- hubiera contado con el mismo beneplácito de tantos analistas y reporteros.