El sexo, el intenso placer que lleva millones de años dirigiendo al ser humano

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El biólogo Richard O. Prum, ornitólogo y experto en evolución de la Universidad de Yale (EE.UU.), está fascinado por la belleza de las aves. Le interesan especialmente los hermosos y coloridos rituales que algunos pájaros llevan a cabo para escoger pareja. Realmente son complejos y refinados. Un buen ejemplo es el del argos real (Argusianus grayi), un robusto faisán de Sumatra y Borneo cuyos machos hacen palidecer a los pavos reales. Éstos despejan parcelas del bosque, picotean el suelo y desfilan delante de las hembras. En un momento cumbre, el animal se convierte en una especie de paraguas vencido por el viento y envuelve a la hembra con unas plumas de un metro de largo en una deslumbrante danza de colores e ilusiones ópticas, bajo la atenta mirada del macho (tal como se puede apreciar en este vídeo, a la izquierda de la pantalla).

La explicación evolutiva más extendido para este tipo de comportamientos es que son como una marca que indica lo buenos que son los genes de estas aves. Pero Prum tiene otra cosa en mente. Basándose en una teoría poco conocida de Charles Darwin, que publicó en su libro «El origen del hombre y la selección en relación al sexo», este científico sugiere que estos animales sencillamente aprecian la belleza. Las hembras del argos disfrutan de ese despliegue y, a lo largo de miles de años, han ido escogiendo a los machos que mejor lo hacían. Por eso, hay hermosas aves que danzan juntas para seducir a las hembras u otras que decoran pulcramente sus parcelas con hongos, hojas, cascarones de insectos o frutos de distintos colores. Entre las aves, las hembras han tenido el poder.

El poder de la belleza en los humanos
Richard O. Prum defiende estas ideas en su libro «La evolución de la belleza» (editorial Ático de los Libros). Y no solo las aplica a las aves. El autor las extiende a un simio lampiño cuya forma de buscar pareja difiere notablemente de las de sus congéneres: el humano. Prum sostiene que el placer y el disfrute sexuales que el ser humano experimenta antes y durante la cópula ha permitido que las preferencias de las hembras hayan moldeado el cuerpo masculino, pero que, a la vez, las preferencias de ellos hayan cambiado el femenino. Todo esto ha convertido el sexo en un acto placentero, complejo y alejado de la mera reproducción, con orgasmos muy intensos y una atracción muy moldeada por la cultura y la personalidad. Al hablar de todo esto, Prum parece derribar algunos mitos: que el orgasmo de ellas tiene alguna función oculta, más allá del placer, o que ellos no son selectivos a la hora de buscar pareja.

La clave de estas ideas se basan en una concepción defendida por Darwin al final de su vida: la de que los ornamentos sexuales son arbitrarios y no necesariamente están vinculados con una ventaja adaptativa, es decir, que permiten dejar más descendientes. Sencillamente, ciertos rasgos son hermosos o deseables para el otro sexo, generan una respuesta sensorial concreta, y eso ya tiene valor en sí mismo. Puede que en algún punto haya una relación entre lo bello y lo adaptativo, pero Richard O. Prum recuerda la necesidad de demostrarlo y no darlo por sentado.

El simio humano

Los humanos son simios africanos, una estirpe de primates del viejo mundo, entre los que están los gibones, los orangutanes, los gorilas y los chimpancés. Cada uno de sus parientes tienen un comportamiento sexual diferente: por ejemplo, los gorilas viven en grupos de múltiples hembras dominados por un único macho de «espalda plateada» y solo tienen sexo cuando la hembra está en celo. Sin embargo, los bonobos practican sexo con muchos individuos de su grupo, sin necesidad de que haya celo, incluso con congéneres del mismo sexo. Al margen de la reproducción, el acto sexual es una herramienta con la que los bonobos resuelven conflictos sociales.

Los humanos también tienen sexo al margen de la fertilidad de la mujer pero, a diferencia de los bonobos, son muy exigentes con las personas con las que mantienen relaciones y «la sexualidad humana se hace especialmente complicada», escribe Richard O. Prum. Una de las cosas que lo explican es que, junto a la evolución biológica que sigue ocurriendo hoy en día, entre los humanos vivos, ocurre otra evolución cultural en todas las poblaciones del planeta. Una y otra van ocurriendo en parte a través de las preferencias sexuales que tienen hombres y mujeres. Esta elección de pareja mutua moldea el aspecto y el comportamiento que ambos tienen. En consecuencia, aparecen unos rasgos distintivos que el autor va desgranando a lo largo de su libro.

Las mujeres son selectivas… los hombres también
En primer lugar, Richard O. Prum cuestiona la idea sostenida por la psicología evolutiva según la cual, dado que el esperma es barato de producir y los óvulos son caros, «los hombres son sexualmente despilfarradores y las mujeres sexualmente tímidas». Según dice, este estereotipo refleja muy pobremente el comportamiento humano: ni hombres y mujeres tienen un número tan diferente de parejas sexuales en su vida, ni unos ni otros mantienen encuentros sexuales al azar. Ambos son selectivos.

Para los hombres, esto tiene que ver con el hecho de que «los machos humanos realizan notables inversiones reproductivas, es decir, dedican recursos, tiempo y energía para proteger, cuidar, alimentar y socializar a sus vástagos», escribe el autor en «La evolución de la belleza». Por tanto, «es de esperar que los machos evolucionen para ser más selectivos sobre con quién quieren reproducirse». Esto les diferenciaría, por tanto, de machos de aves que no invierten tiempo ni energía en sus crías.

Pechos grandes y caderas anchas
Estas preferencias masculinas tienen consecuencias sobre las mujeres. «El resultado ha sido la coevolución de rasgos sexuales femeninos concretos, como pechos permanentes y una forma corporal concreta, que no están presentes en ninguno de los demás simios», escribe el autor. Es cierto que están relacionados con la necesidad de dar a luz o con la capacidad eficiente de almacenar grasa, pero también han evolucionado a causa de la elección de pareja masculina. Tanto como para ir mucho más allá de lo que es necesario para la supervivencia o la reproducción, como las largas y hermosas plumas del argos real.

Para empezar, mientras que las mamas de los mamíferos aumentan su tamaño durante la ovulación y la lactancia, «las hembras humanas desarrollan pechos más grandes cuando se inicia su madurez sexual y conservan el tejido mamario ampliado a lo largo de sus vidas». Este desarrollo de mamas permanentes, un rasgo exclusivo de los seres humanos, «no es necesario para la reproducción en sí y no tiene ninguna ventaja selectiva natural», incide Prum. «Más bien, la existencia de pechos en las mujeres es probablemente un rasgo estético que ha evolucionado debido a la elección de pareja por parte del hombre».

Además, en las mujeres la grasa de las nalgas acentúa la forma de reloj de arena que crean los pechos, la cintura y las caderas. Según Prum, no hay pruebas de que esta distribución de grasa tan concreta esté relacionado con la calidad genética de la mujer o su salud.

Rostros no muy masculinos
A pesar de la escasez de estudios que lo analizan, ellas también escogen. Según el autor, «hay pruebas consistentes de que las hembras no prefieren las facciones más «masculinas», caracterizadas por una mandíbula cuadrada y prominente, una frente amplia y despejada, unas cejas espesas y unas mejillas y unos labios delgados». Hay numerosos estudios que «han demostrado que las mujeres prefieren los rasgos faciales intermedios o incluso los que algunos investigadores describen como «femeninos»». Del mismo modo, parecen preferir barbas de dos días antes que barbas más pobladas y supuestamente masculinas.

Además, un puñado de estudios muestran que ellas «suelen preferir cuerpos masculinos con músculos pero delgados, con hombros anchos y torsos en forma de V, y, en cambio, no suelen gustarles tanto los hombres más musculosos».

Un pene grande
Richard O. Prum sostiene que el pene humano es otro rasgo que ha sido seleccionado de forma arbitraria por las mujeres, sin que sus atributos actuales sean adaptativos. «Varios aspectos de la morfología del pene humano están más allá de lo que es necesario para lograr la cópula y la fertilización».

Mientras que el pene de un gorila mide tres centímetros o el del chimpancé siete, «el pene humano es más largo (de media unos quince centímetros en erección) y es más ancho que el pene de los demás simios». Además, a diferencia de los otros, se caracteriza por «un glande bulboso y una cresta en la corona». Por si fuera poco, en comparación con los demás primates, a excepción del mono araña, el humano tiene un pene que carece de un hueso en su interior, que recibe el nombre de
baculum

o hueso peneano.

¿Por qué evolucionaría el pene humano de esta manera? Prum sostiene que no hay ninguna ventaja adaptativa concreta para este exótico pene y sugiere que han sido las preferencias estéticas de las mujeres por esas morfologías las que le han dado su forma. ¿El motivo? El placer sexual.

El tamaño importa, pero no tanto
Los primates no humanos tienen un pene que desaparece cuando no está erecto. Sin embargo, el pene humano cuelga y lo hace visiblemente, «puesto que evolucionó para ser más grande y más largo que el de cualquier otro primate». Según el autor, esto sugiere que quizás a las mujeres «les gustaba como rasgo de exhibición».

Para Prum, es probable que el resto de sus rasgos (el grosor, el glande, etc) hayan «evolucionado a partir de preferencias femeninas por órganos de copulación masculinos que producen un mayor placer». Este no solo estaría vinculado con la observación, sino también con la experiencia sensorial y táctil de las interacciones sexuales y la cópula.

Esto llevaría a una preferencia por penes más grandes, en comparación con los otros primates, pero no necesariamente en comparación con los demás penes humanos. «Las respuestas de las mujeres a la pregunta de si «el tamaño importa» son muy variables. Y, lo que también es muy interesante, el tamaño del pene del hombre también es muy variable», explica el investigador. «¿Es posible que ambas variaciones estén relacionadas?», se pregunta. Al igual que ocurre con otros rasgos, como los pechos femeninos, «si el tamaño del pene es un rasgo estético arbitrario (…) podría ser altamente variable y responder a una multiplicidad de gustos, y eso es lo que sucede. Para gustos, colores (o tamaños)».

Todos pueden encontrar la felicidad con otro
Lógicamente, no se puede olvidar el papel de las interacciones sociales: «Son un elemento vital en cómo experimentamos atracción sexual, con quién vamos a tener sexo y cómo nos vamos a enamorar», escribe el científico. En consecuencia, «Nuestras percepciones sobre el atractivo sexual cambian a medida que conocemos más a la otra persona».

Finalmente, «las percepciones sociales subjetivas tienen un peso más grande en lo que hallan atractivo que la apariencia física», según Prum. Esto lleva a una interesante circunstancia, tal como escriben los investigadores Paul Eastwick y Lucy Hunt: «Esta idiosincrasia se revelará afortunada, pues permite que casi todo el mundo tenga la opción de establecer relaciones en donde ambas partes ven al otro como un ser deseable de manera única».

Esto es algo maravilloso, tal como propone el autor: «Es una idea feliz pensar que la gente, en general, está diseñada para encontrar la felicidad social y sexual con otro, a pesar de las variaciones del atractivo físico. El «valor de pareja» no es una medida objetiva y universal: es una experiencia relacional y subjetiva».

Elegir pareja a través del sexo repetido
El biólogo incide en la importancia de la cópula para la selección de pareja en los humanos. «El sexo ofrece a los individuos un amplio y rico abanico de estímulos sensoriales que pueden evaluarse». Dado que los encuentros sexuales humanos tienen una probabilidad baja de llevar al fertilización, y la ovulación (el celo en los animales) de las mujeres es oculta, para Richard O. Prum conviene pensar «que los humanos tienen preferencias de reapareamiento». Hombres y mujeres seleccionan a sus parejas a través de encuentros sexuales repetidos.

La propia experiencia de la elección de pareja es, en sí misma, placentera, tal como incluso Darwin propuso. Los encuentros sexuales repetidos, la evaluación estética de las experiencias cognitivas, sensoriales y fisiológicas del propio acto sexual, transformaron el comportamiento de apareamiento de hombres y mujeres, lo que llevó a que el sexo se convirtiera en una experiencia intensa, compleja y satisfactoria. También explicaría la riqueza de las posturas durante el acto sexual.

«La propuesta estética es que el placer sexual y el orgasmo femenino han evolucionado porque las mujeres prefieren aparearse, y volver a aparearse, con hombres que estimulen su propio placer», concluye el investigador. Pero el hombre no se queda atrás. Si bien su propio placer tiene una función muy relacionada con la eyaculación, ellos también disfrutan de orgasmos muy placenteros, más de lo estrictamente necesario. Prueba de ello es, según el investigador, que la cópula y el orgasmo masculino humano dura más que el de los chimpancés o gorilas.

Además, ellos no aceptan cualquier oportunidad para copular, «al evitar algunas oportunidades sexuales en favor de otras que le apetecen más; en otras palabras, mediante la elección de pareja».

Sexualidad y cultura
La complejidad se multiplica porque, aparte de supuestos ornamentos como los pechos o el pene, la cultura humana desempeña un enorme papel en la elección de pareja: «No hay sexualidad humana sin cultura», sentencia el autor. Para Richard O. Prum es probable que estas preferencias culturales arbitrarias hayan modulado no solo el comportamiento (como el cortejo) sino también «nuestros propios cuerpos».

En este punto, recuerda que «Lo que una cultura considera sexy puede ser objeto de censura en otra». Esto explicaría que la belleza femenina de las estatuas clásicas no se considere atractiva en el mundo occidental actual, o que para los jóvenes mauritanos resulten excitantes las estrías en la piel de las mujeres a causa de su rápido aumento de peso.

Por todo esto, según concluye el autor, «Hombres y mujeres estamos juntos en esto» y, probablemente, «la elección de pareja mutua (…) ha llevado al refinamiento del orgasmo en ambos sexos».

Muchas de estas ideas, que el propio autor reconoce especulativas, podrían explicar por qué la belleza y el placer han evolucionado como lo han hecho durante millones de años, en criaturas tan distintas como las aves o los primates. Y también son una interesante explicación para el complejo y rico comportamiento sexual de los humanos.