El otro riesgo que hay en Reino Unido

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Una de las razones por la que Boris Johnson ha conseguido que no se haya formado hasta ahora un Gobierno alternativo en el Reino Unido es porque si el hoy primer ministro parece una persona disparatada, la alternativa que representa Jeremy Corbyn puede ser aún peor, al margen de sus ideas sobre Europa. En esa cuestión, Corbyn es casi tan culpable como Cameron, cuya entrevista en «The Times» explica bien la ruptura que él provocó en el Partido Conservador y no contento con ello, pide otro referendo. En el de 2016, siendo jefe de la oposición, Corbyn se negó a pedir el voto por la permanencia, lo que con toda probabilidad hubiera dado la victoria a los contrarios al Brexit. Pero Corbyn no creía en esta Europa porque él, ideológicamente, es más de la Unión Soviética que de la Unión Europea. Él cree que ésta es una Europa mercantilista y por tanto contraria a la Europa «de los trabajadores».

Habrá quien crea mis palabras exageradas, pero esta semana hemos tenido un ejemplo muy revelador, de la mano de su ministro de Hacienda en la sombra, John McDonell. Al lado de McDonell, Corbyn es un hombre de centro reformista. Cuenta Kevin Maguire en un artículo aparecido hace exactamente un año en la revista «Prospect» –que no es precisamente la biblia del pensamiento liberal– que en su adolescencia McDonell se educó en un colegio privado católico, el St. Joseph’s College de Ipswich, donde obtuvo una beca para promover su vocación sacerdotal. La vocación no prosperó «porque yo prefería la política al celibato» y hoy, según Maguire, John McDonell es una persona «irreligiosa», que se describe a sí mismo como «culturalmente católico» y un asistente regular a la iglesia. Reconózcanme que es un caso a estudiar: un tipo irreligioso que va a la iglesia regularmente. ¿A hacer qué?

Esta semana hemos conocido que este McDonell ha preparado el plan de Corbyn para abolir en el Reino Unido la educación privada de la que él se benefició. Porque la educación privada «ayuda a acaparar riqueza, poder y oportunidades a unos pocos», según la iniciativa laborista. Aún en el supuesto de que eso fuese cierto, hay que reconocer que el sistema educativo británico ha dado a ese país una posición preeminente en el mundo. Y hoy siguen llegando decenas de miles de niños de todo el planeta a sus internados privados, que con la peculiar lógica de ese país, se llaman «public schools».

Corbyn y McDonell planean empezar por imponer unos impuestos que costarían a los padres que mandan a sus hijos a esos centros unos 1.640 millones de libras al año (unos 1.886 millones de euros al cambio del pasado viernes). En la mejor escuela socialista, el laborismo no empezaría por prohibir la educación privada, pero la llevaría a unos costes imposibles para la inmensa mayoría de los padres que envían allí a sus hijos. De ahí a la abolición de esos colegios sólo hay un paso.

McDonell planea otras recetas socialistas con un impacto potencialmente mayor. Así, después de que la semana laboral de 35 horas que impusieron los socialistas en Francia diera un resultado catastrófico, el laborismo quiere imponer una semana laboral de cuatro días –32 horas o menos–. Y ésta es la otra amenaza que pende sobre el Reino Unido hoy. Con un Partido Laborista así, ¿cómo pretenden echar del poder a Boris Johnson? Ni aunque Cameron saliera de su tumba política e intentara finiquitar el partido que él rompió torpemente.