«Alguien puede volver a modificar bebés. No es tan difícil»

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Robin Lovell-Badge, del Instituto Francis Crick de Reino Unido, no olvidará fácilmente el momento en el que anunció la intervención de
He Jiankui
en la Cumbre Internacional sobre Genoma Humano celebrada en Hong Kong el pasado noviembre. «Fue apabullante. Sabíamos que el mundo entero estaba prestando atención», recuerda el prestigioso genetista británico. El «doctor Frankenstein», el físico responsable del nacimiento de las primeras bebés modificadas genéticamente para hacerlas resistentes al sida, aparecía sobre el escenario para explicarse. Lovell-Badge le reprendió allí mismo, como después haría la práctica totalidad de la comunidad científica internacional, y no tiene ningún reparo en seguir haciéndolo. Ha explicado sus razones en una visita a Madrid para formar parte del jurado del galardón Fronteras del Conocimiento de la Fundación BBVA.

—¿Cómo un físico se embarcó en el proyecto más osado de la biología?

—JK (el apodo de Jiankui y como Lovell-Badge se refiere a él durante toda la entrevista) es muy inteligente y ambicioso. Estudió en EE.UU. con un excelente expediente académico. En China creó empresas y se hizo rico. Aunque no tenía experiencia en el uso de técnicas de medicina genómica, quería hacer algo impactante.

—¿Por qué se interesó por el sida?

—Eligió un problema social. Estaba en contacto con personas seropositivas, que en China están estigmatizadas. Su idea era replicar la misma mutación que millones de personas tienen de forma natural (delta 32) en embriones humanos para hacerlos resistentes al VIH. Y lo hizo inactivando un gen, el CCR5, con la técnica CRISPR. Desde hace años hay ensayos clínicos con adultos, pero él quiso dar el gran salto. Y no lo explicó bien a las familias.

—¿Ningún comité de ética estaba informado?

—Dijo que uno le había dado el visto bueno, pero esto pudo haber sido falseado. Antes, sí debatió con otros científicos y especialistas en ética en EE.UU. sobre sus planes y todo el mundo los rechazó. Fue advertido de que las técnicas todavía no están listas, son ineficientes y tienen riesgos desconocidos. Pero probablemente para entonces ya lo había hecho.

—¿Cómo pudo llevarlo en secreto?

—Eso es algo extraordinario. Tuvo que obtener la ayuda de obstetras y una clínica de reproducción asistida. Además, había al menos tres personas que lo sabían en la fase final. Uno es el también físico Michael Deem, de la Universidad de Rice (EE.UU.). Otro es un consultor de relaciones públicas, Ryan Ferrell, quien le sugirió que un periodista (de la agencia AP) le siguiera durante las últimas seis semanas para que cuando se publicara la historia creara un enorme impacto. ¡Una locura! Ninguno alertó a las autoridades.

—¿No cree que era inevitable que algo así terminara por pasar?

—Sí, lo anticipábamos. Y nos encontramos la tormenta perfecta: un individuo guiado por su ego y por el deseo de alcanzar la fama, riquísimo, que trabajaba en una nueva gran ciudad de China repleta de negocios de alta tecnología en la que si algo funciona se hace, pero donde no ha habido tiempo para desarrollar controles sociales.

—¿Son países como China un «agujero negro» para la biomedicina?

—En Europa hay leyes que prohíben estas técnicas. Se necesita la aprobación de autoridades reguladoras y una revisión ética adecuada. En China solo hace falta el sí de un comité de ética local poco formado.

—¿Podría ocurrir otra vez?

—No en China, porque las autoridades han condenado lo ocurrido, pero hay otros países con muy poca o ninguna regulación. Solo hace falta una clínica de fertilización in vitro y las técnicas no son tan difíciles.

—Entonces, ¿cómo evitarlo?

—Hay gente que pide una moratoria para detenerlo todo. Pero eso carece de sentido porque si alguien realmente quiere saltarse las reglas, lo hará.

—¿En qué circunstancias podrían emplearse estas técnicas?

—Los comités internacionales que han analizado el caso expresan que merece la pena seguir investigándolas porque pueden ser de inmenso valor para muchas familias con enfermedades genéticas. Existe un plan para desarrollar vías traslacionales detalladas, que puntualicen qué condiciones clínicas hay que satisfacer. En paralelo, la OMS pretende crear un marco regulatorio que los países puedan adaptar a su propia legislación.

—¿Puede el acceso a las terapias génicas crear dos castas humanas?

— Comprendo esa preocupación porque un cambio heredable se puede pasar a las generaciones sucesivas.

—¿A qué riesgos se enfrentan las bebés modificadas?

—Pueden ser más sensibles al virus del Nilo Occidental, que se está difundiendo, y a la gripe, muy común en China. Tampoco sabemos cómo la mutación afecta al cerebro. JK no tuvo en cuenta nada de esto.

—Se ha llegado a sugerir que son un tipo de humano diferente…

—En absoluto, qué estupidez. Incluso se ha dicho que no se les debería permitir tener hijos. Rechazo todas esas sugerencias absurdas.

—¿Cómo va a ser su vida?

—Eso es algo que me preocupa mucho. Según mi punto de vista, son solo dos niñas normales que simplemente tienen alteraciones en el gen CCR5. Deben ser dejadas en paz para que crezcan normalmente, sin pasar el resto de sus días bajo el escrutinio del mundo entero. Todos tenemos mutaciones nuevas que ninguno de nuestros progenitores tenía. Tratémoslas así.

—¿Es cierto de JK podría ser condenado a la pena de muerte?

—No, no. Es una noticia falsa. En las leyes que él ha infringido no había penalización prescrita, pero como ha tenido cómplices a los que ha pagado, puede ser enjuiciado por corrupción o soborno, por lo que sí podría enfrentarse a una condena importante.