El expresidente ha presentado un recurso, que deberá juzgarse en fecha todavía desconocida, y deberá sentarse en el banquillo de los acusados, las próximas semanas y los próximos meses, acusado de presuntos delitos que oscilan entre la corrupción pasiva, la financiación ilegal de campañas electorales y la participación «en banda» en delitos presuntamente «anexos».
Ante ese horizonte judicial, cargado e inflamable, Sarkozy parece sentir la intención de «internacionalizar» sus contenciosos personales con la justicia francesa.
El expresidente se considera «perseguido injustamente», desde hace diez años, cuando menos. Condenado a tres años de cárcel, a la espera de una posible revisión de esa sentencia, en segunda instancia, Sarkozy multiplica sus intervenciones públicas, concediendo entrevistas a Le Figaro (matutino conservador) y TF1 (primera cadena de tv nacional, privada), repitiendo siempre su condena personal de la justicia francesa: «No puedo aceptar que se me condene por delitos que no he cometido».
Sarkozy amenaza con una decisión sin precedentes: llevar su caso ante el Tribunal Europeo de Derechos Humanos en Estrasburgo (TEDHE), «la máxima autoridad judicial para la garantía de los derechos humanos y libertades fundamentales en toda Europa, excepto Bielorrusia, Kazajistán y la Ciudad del Vaticano». Amenaza sin precedentes, la de un exjefe de Estado que denuncia a su propio país, Francia, ante una autoridad jurídica europea.
Del dicho al hecho hay mucho trecho. Queda la amenaza y sus llamaradas potencialmente populistas. Una parte quizá mayoritaria de Los Republicanos (LR, derecha tradicional), su propio partido, ha decidido hacer campaña política y electoral contra la justicia que ha condenado a Sarkozy.
En la historia política y judicial de Francia, otros políticos fueron condenaros y protestaron contra la justicia nacional. Jacques Chirac fue el primer presidente condenado por delitos cometidos antes de llegar a la jefatura del Estado. Aceptó resignado su sentencia. Alain Juppé y François Fillon, ex primeros ministros, conservadores, fueron juzgados y condenados. Protestaron, pero aceptaron las sentencias. «Genio y figura..» Sarkozy no acepta su primera condena. Protesta y amenaza con internacionalizar judicialmente sus procesos. Si el expresidente llegase a consumar su amenaza, pudiera tratarse de una deriva con flecos populistas contra la justicia nacional, francesa, pidiendo la sentencia «superior» de la opinión pública y el TEDH.